David Zaplana

Menguante · Lo que se pierde

El documento en blanco

· David Zaplana

Durante más de veinte años escribí con alguien al otro lado. La noche que se acabó abrí un documento nuevo y lo cerré sin escribir una línea. Esta es la primera historia de Fases, y es la mía.

Durante más de veinte años escribí con Ana. Cada novela era una conversación: yo traía la estructura, la trama que encaja como un mecanismo; ella traía la psicología de los personajes y la cordura a mis ideas disparatadas. Nueve libros así. Me acostumbré a que cada frase tuviera un segundo par de ojos antes de existir.

Por fuera llevaba la vida de un ingeniero que escribe por las noches. Por dentro, hacía tiempo que había empezado a interesarme por cosas de las que no sabía hablar con nadie y que no cabían en las novelas que escribíamos. Aunque, mirándolo ahora, las novelas ya apuntaban hacia ahí.

El primer aviso fue el cuerpo

Con cuarenta años, después de una temporada larga trabajando sin dormir, empezaron a dolerme las articulaciones: el pecho, la columna, las muñecas, los pies. El reumatólogo me diagnosticó espondilitis anquilosante y me dijo que no había tratamiento, solo antiinflamatorios para el dolor.

Yo lo traté como trato todo: un problema, y me puse a buscar qué podía hacer. Cambié de vida en varias cosas, pero sobre todo no me creí el diagnóstico. Me hicieron controles durante dos años y la enfermedad no avanzó. Al final, el propio reumatólogo lo retiró.

No sé por qué no avanzó. Sé lo que hice, y sé que no es una receta para nadie.

Lo que no quise ver entonces es que el cuerpo me estaba avisando de otra cosa: llevaba años sin escucharme.

Lo que se rompió

Se rompió una manera de vivir que yo daba por permanente. Ana y yo nos divorciamos después de veintisiete años, y un tiempo después decidimos dejar de escribir juntos.

Los roces de la convivencia, el estrés, el trabajo, los hijos. Intentábamos justificarnos. Pero aunque todo lleve un proceso, hay un día concreto en el que te das cuenta de que estás roto: me oí decir en voz alta algo que no había planeado decir, y supe que llevaba años pensándolo sin permitírmelo. Ella dijo algo que nunca habría esperado que dijera.

En ese momento, el cuerpo habló por nosotros. Y lo que dijo no nos gustó a ninguno.

El peor día

El último libro a cuatro manos salió cuando ya no éramos pareja. Lo terminamos bien y lo presentamos juntos, como siempre.

Esa noche llegué a un piso en el que todavía sonaba el eco de las cajas de la mudanza, me senté delante del ordenador y abrí un documento nuevo. En blanco. Por primera vez en veinticinco años no había nadie a quien mandárselo cuando terminara.

Lo cerré sin escribir una línea.

Quién estaba

Estaban mis hijos, a medias, como toca en una custodia compartida. Estaba mi familia. Estaban los grupos que me había buscado el último año, senderismo y yoga.

Quien no estaba era yo. No hablé con nadie de cómo me sentía. Me dije que estaba bien y seguí. Aprendí muy pronto a no hablar de lo que sentía, en mi casa se comía siempre con la tele puesta; nadie me enseñó a hacerlo de otra manera, y tardé cincuenta años en aprenderlo solo.

Lo que no sirvió de nada

Intentar arreglar a los demás. Toda mi vida he sido el que analiza el problema y propone la solución, y toda mi vida me he frustrado cuando el otro no quería que se lo arreglaran. Después del divorcio lo volví a hacer: me empeñé en ayudar a quien no me lo había pedido.

Tampoco sirvió leer veinte libros de espiritualidad creyendo que leer era lo mismo que hacer el trabajo.

Lo que sí

Busqué una terapia para ayudar a otra persona y, cuando ella la rechazó, entendí que la terapia era para mí.

Después de la primera sesión llegué a casa, me senté delante del ordenador y estuve cinco horas escribiendo y llorando. Cinco horas. El mismo aparato, la misma silla, el mismo documento en blanco de aquella noche. Esta vez se llenó.

Sirvió escribir sin nadie al otro lado. Sirvió dar las gracias a la gente que me ha criado, en vez de explicarles lo que creía que habían hecho mal. Y sirvió encontrar gente con la que hablar de todo esto sin que levantaran una ceja.

Lo que le diría a quien esté ahí ahora

Que no puede salvar a nadie, y que eso no es una derrota: es la puerta.

Que busque ayuda antes de saber que la necesita.

Que escriba, aunque no sea escritor: cinco líneas al día de lo que siente, sin arreglarlo.

Y que no está solo, aunque lo parezca. Siempre hay una puerta de al lado.

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