David Zaplana

Menguante · Lo que se pierde · Personaje histórico

La carta que nunca envió

· Ludwig van Beethoven

En octubre de 1802, en un pueblo a las afueras de Viena, un compositor de treinta y un años escribió a sus hermanos una carta que nunca les mandó. Hablaba de lo que estaba perdiendo y de lo cerca que estuvo de rendirse.

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Este episodio lo lee una voz sintética. El texto es mío.

Esta historia es la de una persona que existió. Las fechas, los lugares y lo que dicen sus cartas están documentados; las fuentes, al pie. Las palabras de Beethoven no van entre comillas: están contadas con las mías, a partir de la traducción de sus papeles.

Tres años sin decírselo a nadie

Hacia 1798, Ludwig van Beethoven empezó a oír peor. Tenía veintisiete años y vivía en Viena desde 1792, cuando dejó Bonn para estudiar con Haydn.

No se lo contó a nadie. Durante tres años, un músico fue perdiendo el oído a escondidas. Empezó a apartarse de la gente, y quien lo veía apartarse no sabía por qué lo hacía.

Dos cartas en dos días

El 29 de junio de 1801 escribió a Franz Gerhard Wegeler, un amigo de juventud que seguía en Bonn. En esa carta, por primera vez, lo puso por escrito: desde hacía tres años oía cada vez menos. Le pidió que no se lo contara a nadie.

Dos días después, el 1 de julio, escribió a Carl Amenda, otro amigo, y le dijo lo mismo con otras palabras: que vivía mal y que había dejado de ir adonde había gente.

Los autógrafos de las dos cartas están hoy en la Beethoven-Haus de Bonn. Son las primeras veces documentadas en que lo contó.

Un pueblo a las afueras

En la primavera de 1802, su médico, Johann Adam Schmidt, le aconsejó pasar una temporada fuera de la ciudad. Heiligenstadt era entonces un pueblo a las afueras de Viena, con unos baños de aguas minerales. Hoy es parte del distrito 19 de la ciudad, y la casa donde se alojó, en la actual Probusgasse 6, es un museo.

Se quedó de mayo a octubre. Fue a curarse, o al menos a parar el avance. No se curó.

El 6 de octubre

El 6 de octubre de 1802 escribió una carta larga a sus hermanos, Carl y Johann. No es una carta corriente: tiene forma de testamento, y así se la conoce, el testamento de Heiligenstadt.

Empieza defendiéndose. Les dice que la gente lo tiene por hostil, por terco, por alguien que desprecia a los demás, y que nadie conoce la causa secreta de que parezca así. Cuenta que no era capaz de pedir a nadie que le hablara más alto porque era sordo: le avergonzaba fallar justo en el sentido que en él tenía que ser más perfecto que en los demás. Y cuenta una escena: alguien a su lado oía una flauta a lo lejos, o a un pastor que cantaba, y él no oía nada.

Escribe que momentos así lo llevaron muy cerca de acabar con su vida. Y que lo único que lo retuvo fue su arte: le parecía imposible irse del mundo antes de haber hecho todo lo que sentía que tenía dentro.

Dice que ha elegido la paciencia como guía. Pide que, cuando muera, el doctor Schmidt describa su enfermedad y que esta carta se una a su historial, para que la gente entienda. Y nombra herederos a los dos hermanos de lo poco que tiene, y les pide que se ayuden.

La posdata del 10 de octubre

Cuatro días después añadió unas líneas. Ya no se defiende de nadie. Se despide de una esperanza: la que había llevado a Heiligenstadt, la de curarse al menos en parte. Escribe que, igual que las hojas del otoño caen y se marchitan, esa esperanza también se ha secado, y que tiene que abandonarla del todo.

Y lo guardó.

Lo que nadie leyó

Nunca se la mandó a sus hermanos. Que se sepa, no se la enseñó a nadie. La carta pasó casi veinticinco años entre sus papeles.

Beethoven murió en Viena el 26 de marzo de 1827. Ese mismo mes, Anton Schindler y Stephan von Breuning encontraron el documento entre lo que había dejado. Se publicó en octubre de ese año. Hoy el original está en la biblioteca estatal y universitaria de Hamburgo.

Entre una fecha y otra hay veinticinco años de música. El 7 de mayo de 1824, en Viena, se estrenó la Novena sinfonía; él estaba en el escenario, casi completamente sordo, marcando el tiempo de una orquesta que no oía. Según los testimonios de esa noche, que no coinciden en el momento exacto, la contralto Caroline Unger se acercó y lo giró hacia el público para que viera los aplausos.

Esa parte de la historia es la que se cuenta siempre. Esta fase es la de antes: la de 1802, la del pueblo, la de las hojas que caen.

Para quien lea esto ahora

Beethoven tardó tres años en contar lo que perdía, y cuando por fin lo escribió entero, no se lo mandó a nadie.

La pregunta de esta fase no es cómo se sale. Es qué perdiste y cuándo te diste cuenta. Y, a veces, cuánto tiempo llevas guardándolo en un cajón.

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